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jueves, 21 de noviembre de 2019

El Caso de los Hermanos Sodder

En 1945, en Estados Unidos, cinco hermanos no volvieron a ser vistos después de un incendio que afectó a la casa donde vivían.

El inmigrante italiano Giorgio Soddu, quien había nacido a principios del siglo XX en Cerdeña, había emigrado en su adolescencia a los Estados Unidos junto a su hermano en busca de mejores perspectivas de vida. Una vez en suelo americano, no tardó en encontrar trabajo y en casarse con Jennie Cipriani, quien al igual que él también había nacido en el país de la bota y había llegado a Norteamérica siendo una niña.

El matrimonio, que ya había americanizado el apellido Soddu a Sodder, se avecindó en la localidad de Fayetteville, en Virginia Occidental, en una pequeña pero bullente colonia de italoamericanos. En ese mismo lugar criaron a sus 10 hijos: John (nacido en 1922), Joseph Samuel (1924), Mary Ann (1926), George Jr. (1929), Maurice Antonio (1931), Martha Lee (1933), Louis Erico (1935), Jennie Irene (1937), Betty Dolly (1940) y Sylvia (1943). Robert, el último hijo, nacería en 1950.

En la nochebuena de 1945 se desataría la tragedia que cambiaría para siempre el destino de la familia Sodder. Ese día y a esa hora, en la planta baja de la casa dormía plácidamente el matrimonio junto a la pequeña Sylvia, John, Mary y George Jr., mientras que Maurice, Martha, Louis, Jennie y Betty Sodder lo hacían en el segundo piso de la vivienda. El único que faltaba era Joseph, quien por esa época se encontraba alistado en el ejército.

Cerca de la 1:30 de la madrugada sonó el teléfono, lo que obligó a Jennie Sodder a levantarse de la cama para responder el llamado, pero resultó ser una equivocación. Cuando la mujer echó un vistazo a la casa se dio cuenta de dos cosas: las luces de la escalera estaban prendidas y la puerta principal no estaba cerrada con llave, por lo que se limitó a cerrar la puerta suponiendo que sus hijos estaban profundamente dormidos en sus camas. Tras volver a acostarse, y mientras trataba de conciliar el sueño, Jennie escuchó un ruido sordo, como si algo hubiera caído al suelo en el piso superior. A los pocos minutos después notó un inconfundible olor a humo.

El matrimonio Sodder salió de inmediato de su dormitorio y se encontró con un espectáculo inquietante: el vestíbulo estaba lleno de humo y las llamas comenzaban a cebarse con las escaleras que llevaban al segundo piso de la casa. Ambos gritaron tratando de avisar a los cinco niños que dormían arriba, pero no obtuvieron respuesta, por lo que abandonaron el inmueble pensando que a lo mejor los infantes ya habían salido, pero éstos no estaban fuera. George Sodder trató de llamar a los Bomberos por teléfono, pero la línea telefónica estaba cortada. Posteriormente intentó llegar a las habitaciones del segundo piso a través de las ventanas con una escalera que había tras la casa, pero misteriosamente la escalera no estaba donde la habían dejado. También intentó arrancar alguno de los camiones de su empresa de transporte de carbón para acercarlo a la casa y que los niños pudieran saltar, pero ninguno de los vehículos funcionó.

Los bomberos, pese al llamado de los vecinos, sólo llegaron al lugar cerca de las ocho de la mañana, cuando la casa ya había quedado reducida a cenizas. Todos supusieron que los cinco hijos del matrimonio Sodder que estaban en la planta alta de la vivienda habían perecido asfixiados o carbonizados, pero lo increíble es que, tras revisar los escombros quemados de la casa, no se encontraron los más mínimos restos de los cadáveres. Para agregar mayor desconcierto a la situación, la policía sindicó a un cortocircuito eléctrico como causa del siniestro, algo que fue desmentido por la familia Sodder, que aseguró que mientras el incendio consumía la casa, varias luces seguían encendidas (además, el mismo George Sodder había hecho revisar semanas atrás la instalación eléctrica de la vivienda, la cual se encontraba en perfecto estado).

Una semana más tarde la justicia declaró oficialmente muertos a Maurice, Martha, Louis, Jennie y Betty Sooder y el forense, que no vio ni el más mínimo rastro de los cuerpos de los niños, expidió los correspondientes certificados de defunción. Pero los inconsolables padres estaban convencidos que la ausencia de restos y el hecho de que la línea telefónica había sido cortada significaba una sola cosa: sus cinco hijos habían sido secuestrados y el fuego no había sido más que una distracción para hacerles creer a todos que los niños habían fallecido.


Las pistas de los cinco niños desaparecidos
Los Sodder también recordaron algunos extraños hechos acaecidos antes del siniestro. Meses antes, un vecino había ofrecido a los Sodder un seguro de vida para toda la familia, pero la negativa de George Sodder (un conocido antifascista que había criticado públicamente al dictador italiano Benito Mussolini en el pasado) a contratar el seguro había devenido en una agria discusión en la que el vendedor le había dicho literalmente: “Su casa se convertirá en humo y sus hijos serán destruidos, y usted pagará por sus sucias opiniones sobre Mussolini”. Además, unos días antes de Navidad los hijos mayores de la familia Sodder habían visto a un hombre desconocido que, dentro de un auto estacionado al otro lado de la calle, parecía vigilar a los hermanos más pequeños cuando iban camino del colegio.

Los Sodder intentaron en vano que la policía y el FBI abriesen una investigación sobre el caso. Intentando ellos mismos buscar pistas sobre el posible paradero de sus hijos, dieron con tres testigos que aseguraban haber visto a los cinco niños después del incendio: una mujer de Fayetteville que los vio en un coche durante la misma noche del incendio; la camarera de un bar de carretera a cincuenta millas de su casa que afirmó haberlos visto acompañados de varios hombres a la mañana siguiente al fuego; y la recepcionista de un motel en Charleston, Carolina del Sur (a 700 kilómetros de distancia), que afirmó que los niños se habían alojado en su establecimiento una semana después del incendio, acompañados por dos hombres y dos mujeres que hablaban italiano, quienes viajaban en un automóvil con matrícula de Florida y se mostraron en extremo reservados y recelosos, impidiéndole hablar con los pequeños.

Además, un conductor de autobús que pasó por delante de la casa de los Sodder durante la noche del incendio afirmó haber visto lo que parecían “bolas de fuego” lanzadas contra el tejado de la vivienda. Los Sodder, tras entrevistarlo, concluyeron que se trataba de algún artefacto incendiario y que ese fue el ruido sordo que había escuchado Jennie antes que se desatara el siniestro.

Los Sodder también contrataron a un detective privado para buscar otras pistas. El investigador descubrió algunos hechos curiosos, como, por ejemplo, que el mismo vendedor de seguros que había discutido con George Sodder formaba parte del comité que había declarado muertos a los niños. Los Sodder, ya al borde de la desesperación, llegaron a ofrecer una recompensa de 10 mil dólares por cualquier noticia que condujera al hallazgo de los pequeños, pero todo fue inútil. No volvieron a saber nada sobre sus cinco hijos.

La misteriosa fotografía de 1968
Tendría que llegar el año 1968 para que el caso sumara otra misteriosa arista. A la casa de la familia Sodder, a nombre de Jennie Sodder, llegó una carta que contenía una fotografía de un joven veinteañero, moreno y de ojos oscuros, que en su parte posterior llevaba una críptica inscripción, la cual decía: “Louis Sodder. I love brother Frankie. Ilil Boys. A90132 (o 35)”. Las autoridades opinaron que aquello era una broma de mal gusto, pero los Sodder creyeron que aquel podía ser de verdad su hijo Louis Erico, uno de los cinco niños desaparecidos, y enviaron a un detective a Kentucky, donde había sido sellada la carta, pero no se obtuvieron resultados. El joven de aspecto italiano de la fotografía jamás pudo ser identificado.



Los Sodder siempre creyeron que sus hijos habían sido víctimas de una red de adopciones ilegales, aunque otros barajaron también la posibilidad de que el secuestro de los niños había sido obra del crimen organizado, no sólo por el origen italiano de la familia, sino también porque George Sodder era dueño de varios camiones de transporte de carbón y el transporte por carretera era un sector que tradicionalmente, en esa parte del país y en esa época, estaba controlado por la mafia.


George Sodder, después de años de incertidumbre y sufrimiento, fallecería en 1969, al año siguiente de que llegara a su casa la misteriosa fotografía de su supuesto hijo Louis. Su esposa Jennie moriría veinte años más tarde, en 1989. Sus hijos y nietos continuaron la búsqueda emprendida por el matrimonio, pero sin éxito.

viernes, 1 de noviembre de 2019

El Crímen de Hinterkaifeck

Interkaifeck , una pequeña granja situada entre las ciudades bávaras de Ingolstadt y Schrobenhausen (a unos 70 km al norte de Munich), fue el escenario de uno de los crímenes más extraños y desconcertantes de la historia de Alemania. Durante la noche del 31 de marzo de 1922, los seis habitantes de la granja fueron asesinados con un azadón. El asesinato sigue sin resolverse hasta hoy.

Las seis víctimas fueron el agricultor Andreas Gruber (63) y su esposa Cäzilia (72); su hija viuda Viktoria Gabriel (35) y sus dos hijos, Cäzilia (7) y Josef (2); y la criada María Baumgartner (44). Se rumoreaba que Josef, el hijo de Viktoria era también hijo de su padre Andreas, con quien habría tenido una relación incestuosa.

Unos días antes del crimen, el agricultor Andreas Gruber dijo a los vecinos que había descubierto huellas en la nieve que iban desde el borde del bosque hasta la finca, pero ninguna de vuelta. Además, habían perdido un juego de llaves de la casa días antes de los asesinatos, pero no se informó a la policía.

Seis meses antes, la criada anterior había dejado la finca, alegando que estaba embrujada; la nueva criada, María Baumgartner, llegó a la finca el 31 de marzo, sólo unas horas antes de su muerte.

Exactamente lo que ocurrió el viernes por la noche no se puede saber con certeza. Se cree que la pareja de ancianos, así como su hija Viktoria y su hija Cäzilia, fueron de alguna manera atraídos al granero de uno en uno, donde fueron asesinados. A continuación el asesino entró en la casa donde mató al hijo de dos años de edad de Viktoria, Josef, que dormía en su cuna en la habitación de su madre, así como a la criada, María Baumgartner, en su dormitorio.


Al principio se pensó en un robo pero quedó descartado ya que en la casa se encontraron joyas valiosas y dinero, así que la idea quedo descartada.

Se interrogaron a casi cien personas pero no había pruebas en contra de ninguno de ellos. La investigación se centró entonces en el antiguo pretendiente de Viktoria, el joven Lorenz Schlittenbauer quien reconoció odiar al padre de Viktoria ya que estaba convencido de que este era en realidad el padre de Josef, pero que con su muerte, no ganaba nada, por lo que lo dejaron en libertad

Las cabezas de las victimas fueron enviadas a Múnich, para un estudio exhaustivo, pero a pesar de todo no se obtuvo ninguna información nueva. Dichas cabezas se perdieron durante la Segunda Guerra Mundial, los cuerpos por otro lado fueron enterrados en el cementerio de Waidhofen.

En 1923 la granja fue derribada, pero hasta la fecha el caso sigue sin resolver.



Muerte a bordo del Ourang Medan

En junio de 1947 un barco que navegaba por el estrecho de Malaca comenzó a enviar señales de socorro a los barcos que se encontraban por la zona. El mensaje decía: "Todos los oficiales, incluyendo el capitán, han muerto, están tumbados en la cubierta y el puente. Posiblemente toda la tripulación está muerta." Tras una pausa el tripulante que transmitía el mensaje dijo: , "Me muero".

Un buque estadounidense, el Silver Star, escuchó el mensaje y fue a investigar. Una vez a bordo descubrieron que todos los tripulantes del Ourang estaban muertos, todos con una expresión congelada de miedo extremo en sus rostros. Sus brazos estaban extendidos, como si trataran de apartar algo que se acercaba. Cuando el Silver Star remolcaba al Ourang a puerto, las cubiertas inferiores del barco fantasma empezaron a arder y el Silver Star tuvo el tiempo justo de soltar amarras antes de verse afectado por el fuego. Hoy en día nadie sabe que pudo pasar a bordo del SS Ourang Meden, o si lo saben, no quieren que los demás nos enteremos.




miércoles, 7 de febrero de 2018

El Niño De La Caja

El escalofriante y aterrador caso del niño en la caja

Es cierto que a lo largo de la historia han existido muchos casos de asesinatos escalofriantes sin resolver, pero el misterio del niño en la caja es uno de los más terribles y perturbadores.

No sabemos si se debe al hecho de que la víctima haya sido un niño de apenas 4 años o si se debe a que más de 50 años después el crimen sigue sin resolversey las preguntas sin respuesta.

¿Por qué alguien hizo eso y por qué de esa forma? ¿Habrá muerto el asesino o seguirá libre por la periferia de la ciudad? ¿Quién asesinó al niño en la caja?

1. La escena del crimen


El caso —o el descubrimiento del caso— comienza en febrero de 1957 en la zona rural de Susquehanna Road, en Filadelfia, cuando un cazador que buscaba presas en zona prohibida comienza a recoger las trampas que había puesto a escondidas el día anterior.

Pero para su sorpresa el cazador encuentra, entre los descuidados arbustos, una pequeña caja que dice «frágil, manejar con cuidado». Como es cierto que la curiosidad es más fuerte que el hombre el cazador en cuestión decide observar dentro de la caja.

Lo que encuentra primero le resulta escalofriante, pero lo que encuentra después le resulta mucho peor.

El hombre asustado no tarda demasiado en darse cuenta de que lo que en principio creyó que era un raro muñeco hiperrealista de 1 metro de largo era en realidad el cadáver de un niño muerto lleno de marcas de golpes en la cabeza.

Frente a la macabra situación el cazador shockeado decide huir sin llamar a la policía, temiendo represalias o sanciones por haber estado cazando en donde no debía.

Luego de dos días —el 25 de febrero— llega entonces a la escena un hombre llamado Frederick Benosis notificando finalmente a la policía acerca del niño en la caja.

2. Los análisis forenses


Lo que indicaron los análisis forenses fue que el cuerpo encontrado era el cuerpo de un niño de entre 4 y 6 años de edad con síntomas claros de maltrato. También señalaron que su pelo había sido cortado de forma apresurada breves momentos antes de su muerte o incluso después de la misma.

Por otra parte aunque los análisis encontraron al cuerpo lleno de moretones también encontraron que quien lo hubiera puesto en la caja lo había hecho con mucho cuidado y mucha delicadeza.

En esta misma linea los forenses indicaron que las uñas habían sido cortadas recientemente mientras que sus manos y pies mostraban señales de haber estado bajo el agua durante un tiempo prolongado.

Por otro lado los exámenes oculares indicaron que probablemente había sufrido algún tipo de enfermedad en los ojos.

También encontraron en los tobillos, en la ingle y en la barbilla cicatrices que podían indicar que el niño había sido sometido a numerosas cirugías.

Los forenses señalaron que el niño había comido seguramente 2 o 3 horas antes de morir y encontraron en su esófago un líquido que probablemente pudo ser vómito.

Finalmente los forenses no pudieron determinar cuánto tiempo había estado el cuerpo en el bosque debido a que el clima del lugar era demasiado frío, aunque indicaron que era bastante probable que la causa de muerte no hubieran sido los golpes en la cabeza.

3. La información sobre la caja


Como resulta lógico los análisis también se extendieron a la caja en la que fue encontrado el pequeño niño. Según se supo la caja era proveniente de una tienda de muebles llamada JC Penny y era probablemente una caja pensada para contener una cuna.

La parte del asunto que motivó a los investigadores fue que la caja contaba todavía con un número de serie visible mediante el cual iban a intentar averiguar el número de envío.

Pero los investigadores también encontraron en la caja la dirección de un a tienda que se encontraba a tan solo 25 kilómetros del lugar.

Por otro lado en la caja no se encontraron huellas dactilares pero sí se encontró cerca de su ubicación una gorra y una correa de cuero con hebilla.

Para poder resolver el caso los oficiales hicieron circular fotos del niño.

Ellos creyeron que iban a resolver el caso rápidamente. Pero no lo hicieron.

4. La búsqueda de respuestas deriva en más misterios



Finalmente los investigadores encontraron que se habían vendido 12 cunas de ese estilo de las cuales no había registro, debido a que los compradores solían pagar en efectivo.

Sin embargo 8 de los compradores aparecieron después de leer sobre el caso en las noticias aunque todos habían tirado la caja o la habían utilizado para guardar objetos en sus casas. Nunca se supo quienes fueron los otros 4 compradores, incluso hasta la fecha de hoy.

Por otra parte, la dueña de la tienda —Hannah Robbins— no pudo recordar el rostro de los compradores ni aportar nuevos datos al respecto.

Frente a la incertidumbre y la desesperación la policía comenzó a recorrer casa por casa con la foto del niño pero nadie lo reconoció. Las huellas dactilares y la información del ADN del niño fueron enviadas a hospitales pero no se pudo encontrar ninguna coincidencia.

Frente a la frustración las autoridades llegaron a vestir y sentar al niño con la intención de hacerlo ver más familiar para ver si alguien era capaz de reconocerlo en las fotos de esa forma pero tampoco fue de utilidad.

Incluso la Asociación Americana de Médicos distribuyó información y fotos del niño con la esperanza de encontrar a quien hubiera hecho las operaciones pero todo el esfuerzo fue en vano.

5. Las teorías sobre el caso


Una de las teorías más fuertes e impactantes del caso surge cuando Remington Bristow —un ayudante del forense del caso— se contactó con un psíquico que le sugirió buscar una en una casa de acogida ubicada a menos de 2 kilómetros y medio.

Cuando los investigadores decidieron investigar dicha casa encontraron una cuna similar a la que habría estado dentro de la caja en donde el niño fue escondido y encontraron también varias mantas similares a la manta en la que el niño había sido envuelto.

Si bien Remington Bristow estaba seguro de que el niño había sido asesinado por alguien de la casa —sobre todo sospechaba de Arthur Nicoletti— no se pudieron encontrar pruebas de que él lo hubiera hecho.

Por otra parte —durante el año 2002— una mujer llamó desde Cincinnati y en un discurso descrito como «perturbador» ella le dijo a la policía que su madre había comprado al niño en 1954 y que lo había sometido a horribles abusos físicos, psicológicos y sexuales.

Los policías relacionaron esta nueva información con un testimonio recogido años atrás en el cual una persona había visto a dos mujeres en la fecha y en la zona en donde el cuerpo del niño había sido encontrado.

Sin embargo esta teoría terminó siendo descartada debido a que descubrieron que la mujer que había hecho la denuncia tenía graves problemas mentales y no pudieron encontrar ninguna prueba que afirmara lo que ella les había dicho.

6. La conclusión del caso


Si bien con el paso del tiempo han ido surgiendo algunas pistas prometedoras para los investigadores la realidad es que siempre los termina llevando a ninguna parte y las dudas y preguntas al respecto siguen siendo las misma.

¿Quién era el niño asesinado que apareció en la caja? ¿Por qué alguien decidió matar al niño? ¿Llegó alguien a conocerlo?

Para los investigadores del caso el niño siempre será recordado como el niño no identificado, mientras en su lápida en lugar de su nombre figura desconocido niño americano.

domingo, 4 de febrero de 2018

La Misteriosa Muerte de Elisa Lam

El caso de Elisa Lam y el Hotel Cecil cautivó a gran parte de internet hace un par de años. Yo mismo recuerdo ver con sorpresa el vídeo con los últimos minutos de la pobre chica en el ascensor y, durante semanas, leer muchos de los miles de comentarios, teorías y coincidencias que alimentaron el misterio y la imaginación de los curiosos.

El caso se cerró oficialmente como un accidente trágico. Pero todo lo que sabemos, las coincidencias imposibles y las nuevas preguntas que surgen amplían el misterio en otras direcciones aún más sorprendentes. 

El agua sabe un poco rara…
Era febrero de 2013, los inquilinos del Hotel Cecil (Los Ángeles, EEUU) empezaron a quejarse del agua. Tenía mal olor y sabor, y a muchos le salía viscosa y sucia. Poco sospechaban que probar ese agua o ducharse con ella iba a ser una experiencia que marcaría sus vidas…

Los empleados del hotel fueron a revisar los tanques de agua de la azotea. Al quitar las cadenas de seguridad y levantar la tapa de uno esos tanques, descubrieron un cadáver en descomposición. Era el cuerpo de Elisa Lam y llevaba 19 días allí metido.


 Elisa Lam era una estudiante canadiense de 21 años. Una chica normal por lo que se podía ver en sus fotos y en su Twitter. Elisa hacía una videollamada diaria a sus padres desde que llegó a Los Ángeles. El 31 de enero dejó de hacerlo. Sus padres se lo comunicaron a las autoridades que encontraron su habitación en orden, sin signos de violencia o problema alguno. Así que sólo quedó colocar carteles y esperar. Durante tres semanas no se supo nada de ella hasta que los empleados de mantenimiento la encontraron. 

El misterioso vídeo del ascensor
La policía revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad hasta encontrar el vídeo de un ascensor en el que se muestran los últimos minutos de vida conocidos de Elisa Lam. Casi cuatro minutos en los que se ve a Elisa comportándose de una manera tremendamente extraña. Parece estar tratando de huir de alguien pero, al mismo tiempo, muestra una calma extraña en su lenguaje corporal. Pulsa los botones aparentemente al azar, mira a ambos lados del pasillo, hace gestos sin sentido y, en un par de ocasiones, da la impresión de que habla dirigiéndose a alguien a quien no se ve en ningún momento.


El primer supuesto de la policía es que estaba drogada o sufriendo algún tipo de psicosis. Pero la autopsia del cadáver no reveló restos de drogas en su cuerpo. Y, aunque pudo ser un primer ataque de locura, no tenía historial de desorden mental ni comportamientos extraños. Tampoco encontraron signos de violencia en su cuerpo. Ni traumatismos, ni algo que indicara algún tipo de lucha. Salvo lo que se ve en el vídeo, no había absolutamente ninguna prueba de cómo o por qué pudo acabar Elisa en ese depósito de agua. Desnuda y con la ropa que llevaba en el vídeo flotando a su lado.

Las hipótesis sobre lo que pudo ocurrir
Suicidio / Accidente

Si se acepta que tuvo un momento de locura, una de las hipótesis que se barajaron es el suicidio/accidente tratando de huir de algo que le perseguía en su mente. Pero no lo habría tenido nada fácil. La puerta de la azotea del hotel tiene una alarma que suena con un ruido muy fuerte si alguien trata de abrirla. Se comprobó que el sistema funcionaba correctamente por lo que ella, sin tener una llave que la desconectara, no pudo atravesar la puerta sin que saltaran las alarmas. Además, la tapa de los depósitos de agua son muy difíciles de operar. Los empleados del hotel cuentan que suelen usar una palanca para abrirla, y que es bastante complicado para un hombre corpulento moverla.

Es casi imposible que ella sola llegara a la azotea sorteando las medidas de seguridad, levantara la tapa, se metiera en el agua, se quitara la ropa y la volviera a cerrar de nuevo para morir. Y esta es, sorprendentemente, la versión oficial. 

Asesinato
La siguiente explicación plausible es que de verdad estuviera huyendo de alguien real que terminara por matarla. Pero no hay rastro alguno de ese alguien. Ni en la cámara, ni en su habitación, ni en el depósito, ni en su cuerpo. Nadie vió nada, nadio oyó nada. Nada que pueda probar la presencia de otra persona. Salvo el hecho de que Elisa parece dirigirse a alguien en la grabación del ascensor y que sería necesario que alguien metiera su cuerpo en el agua
.


La cosa Paranormal
Por supuesto no pueden faltar las explicaciones paranormales. La aparente calma de Elisa acompañada de esos gestos extraños. La misteriosa huida. Hablarle a un ser que no se ve… A mucha gente incluso le parece sospechoso que el ascensor no cerrara sus puertas en ningún momento, incluso cuando Elisa pulsa sólo un botón. Y que sólo se cierre cuando ella se aleja y termina la secuencia. Y además que luego, sorprendentemente, vuelve a abrirse la puerta sin que haya nadie. Los creyentes en el fenómeno paranormal dejan sus propias hipótesis como parte del misterio.

Se dijo que un espíritu podría haber estado acosando a una desconcertada Elisa, hasta que la fuerza sobrenatural acabó metiéndola en el depósito. O quizá fue víctima de una posesión demoníaca que le obligó a actuar de una forma extraña, terminando en suicidio. O quizá formó parte de un ritual satánico del que quiso huir y no pudo. Incluso puede que formara parte de una terrible conspiración internacional en la que se mezclan experimentos con humanos, secretos de estado y descubrimientos asombrosos…

Un momento. ¿Espíritus? ¿Posesiones? ¿Satanismo? ¿Conspiración?… ¿Cómo pueden llegar a estas conclusiones? Espera, espera que el caso no termina aquí. Son muchas cosas extrañas las que acompañan a este misterio. No me extraña que la imaginación de los creyentes en lo paranormal se dispare. Incluso los conspiranoicos tienen material de sobra para liar esta historia aún más. Empecemos por el principio: el Hotel Cecil no es un hotel cualquiera. Tiene sus propias menciones en la historia macabra de EEUU.

El (macabro) Hotel Cecil
El Hotel Cecil está situado en el 640S de Main Street en Los Ángeles. Un gran edificio construido en los años 20 que cuenta con más de 600 habitaciones. Suelen alojarse viajeros con poco presupuesto y a los que no les importe demasiado tener uno de los peores barrios de todo EEUU a la vuelta de la esquina. Literalmente.

La primera entrada del hotel en la crónica negra de EEUU se debe a la famosa Black Dahlia (Dalia Negra), la chica que fue encontrada por partes en 1947 y cuyo asesino no fue encontrado a pesar de mantener contacto frecuente con la policía pidiendo ser detenido. Elizabeth Short, que así se llamaba la víctima, se alojaba en el Hotel Cecil y era habitualmente usada como imagen del propio hotel. Quédate con el apodo Black Dahlia que recibió esta chica, más adelante volveremos a hablar de este dato.

La conspiración alrededor de Elisa Lam
Al margen de cómo murió específicamente Elisa hay ciertas preguntas sin resolver y coincidencias que amplían el misterio en otras direcciones.

¿Qué hacía Elisa en Los Ángeles? No hay información al respecto. Hay constancia de que los padres avisan por primera vez de la desaparición. Pero no se vuelve a saber nada de ellos. Ni nadie comenta por qué Elisa está en Los Ángeles. Fue un caso de gran impacto mediático pero apenas se sabe nada de ella. Se conoce su Twitter y su Tumblr, pero no hay nada relacionado con su estancia en el hotel.


¿Por qué el Hotel Cecil? No es un hotel para una estudiante de 21 años con una vida normal. El hotel está pegado a Skid Row, una de las zonas más deprimidas de Los Ángeles y con peor reputación de EEUU. Se cometen multitud de crímenes y las calles están llenas de sin techo. No es un sitio donde le apetecería estar.

En aquellos días, un brote especialmente resistentes de tuberculosis afectó a muchísima gente del barrio. Se sabe que el gobierno experimentó con ellos nuevos test de detección y medicamentos para luchar contra esta enfermedad. Pero ¿Sabes como se llamaba el test de diagnóstico usado? LAM-ELISA. ¡Uf! Vale que es un test oficial que lleva mucho tiempo en activo pero ¿no es demasiada casualidad?

Elisa envía un tweet el 13 de enero con un artículo en el Huffington Post sobre una empresa canadiense que va a obtener el apoyo del Pentágono para desarrollar un material de camuflaje para hacer soldados invisibles. Este desarrollo de la tecnología de camuflaje es un proyecto entre Estados Unidos y Corea del Sur. Después de que la noticia de la muerte de Elisa se hiciera global, varias cuentas de Facebook aparecieron usando su nombre. Mucha gente quiso aprovecharse del momento para gastar bromas o atraer visitas. Pero una de estas cuentas de Facebook (ahora eliminada) es más que sospechosa. Su nombre era “Lam Elisa” y fue creada el 17 de febrero (Elisa constaba aún como desaparecida pero según la autopsia ya estaba muerta). Sólo había un amigo en esta cuenta: un varón que trabaja para el ejército de Estados Unidos con sede en Corea del Sur.

jueves, 1 de febrero de 2018

Los Niños De Beaumont #2

Cartas falsas
Alrededor de dos años después de la desaparición, los padres de los Beaumont recibieron dos cartas supuestamente escritas por Jane, y otra por un hombre que dijo que estaba manteniendo a los niños. Los sobres mostraron un matasellos de Dandenong, Victoria. Las breves notas describen una existencia relativamente agradable y se refieren a “El Hombre” que los guardaba. La policía creía en el momento en que las cartas pudieron muy probablemente haber sido auténticas después de compararlas con otras escritas por Jane. La carta de “El Hombre” dijo que se había nombrado “guardián” de los niños y estaba dispuesto a devolverlos a sus padres. En la carta se nombró un lugar de reunión.

El señor y la señora Beaumont, seguidos por un detective, se dirigieron al lugar designado, pero nadie apareció. Pasó algún tiempo más tarde que llegó una tercera carta, también supuestamente de Jane. Dijo que “El Hombre” había estado dispuesto a devolverlos, pero cuando se dio cuenta de que un detective disfrazado también estaba allí, decidió que los Beaumont habían traicionado su confianza y que mantendría a los niños. No hubo más cartas. En 1992, los nuevos exámenes forenses de las cartas mostraron que eran un engaño. La tecnología de huellas digitales había mejorado y el autor fue identificado como un hombre de 41 años de edad que había sido un adolescente en ese momento y había escrito las cartas como una broma. Debido al tiempo transcurrido, no fue acusado de ningún delito.

Desarrollos posteriores
En noviembre de 2013, una fábrica en North Plympton fue excavada después de una pista sobre los niños Beaumont. Un radar de penetración en el suelo encontró “una pequeña anomalía, que puede indicar movimiento u objetos dentro del suelo”, pero la excavación no encontró evidencia adicional y las investigaciones en el sitio fueron cerradas.

El 19 de enero de 2016 -solo siete días antes del quincuagésimo aniversario del caso- la policía de Australia del Sur estaba siguiendo una pista de la desaparición de los niños Beaumont, en la que una pista telefónica señalaba a un sospechoso en el caso. La persona que llamaba estaba convencida de que la persona a quien estaba nombrando era culpable. Se están investigando las reclamaciones. La policía dijo que habían recibido 159 llamadas a Crime Stoppers durante los dos años anteriores.

Padres
Los Beaumont recibieron una simpatía generalizada del público australiano. Nunca se sugirió públicamente que los niños no deberían haber sido autorizados a viajar sin supervisión, o que sus padres eran de alguna manera negligentes, simplemente porque en ese momento en la sociedad australiana se dio por sentado que esto era seguro y aceptable.

Permanecieron en su casa de Somerton Park durante muchos años. En particular, la Sra. Beaumont confía en que los niños regresen y declara en las entrevistas que sería “terrible” si los niños regresaran a casa y no encontraran a sus padres esperando por ellos. A lo largo de muchos años, a medida que surgían nuevas pistas y nuevas teorías, los Beaumont cooperaron plenamente explorando todas las posibilidades, ya fuera que los niños habían sido secuestrados por un culto religioso y vivían en Nueva Zelanda, Melbourne o Tasmania, o alguna pista que sugería un posible sitio de entierro para los niños.

Cada búsqueda de sus cuerpos no proporcionó más información. En los últimos años, la pareja vendió la casa y se mudó, y mientras el caso permanece abierto, la Policía de Australia del Sur sigue informado de la dirección de la pareja. Los Beaumont se divorciaron y viven por separado.

Se dice que han aceptado que la verdad nunca puede ser descubierta, y han resuelto vivir sus últimos años lejos de la atención pública que les siguió durante décadas. Se sintieron devastados en 1990 cuando los periódicos publicaron fotografías generadas por ordenador de cómo Jane, Arnna y Grant se habrían visto como adultos. Las fotografías, publicadas contra sus deseos (Nancy Beaumont se negó a mirarlas), causaron una reacción enorme de simpatía pública de una comunidad que sigue siendo sensible a su dolor.

En el 2017, cincuenta y un años desde la desaparición, Jim y Nancy Beaumont tienen 91 y 89 años respectivamente.

Lugar de desaparición de los niños.

Los Niños de Beaumont #1

La desaparición de los niños Beaumont

Los niños Beaumont eran tres hermanos, Jane Nartare Beaumont (nacida el 10 de septiembre de 1956), Arnna Kathleen Beaumont(nacida el 11 de noviembre de 1958), y Grant Ellis Beaumont (nacido el 12 de julio de 1961), desaparecieron de la playa de Glenelg cerca de Adelaide, sur de Australia. Australia Day, el 26 de enero de 1966. En el momento de su desaparición tenían 9, 7 y 4 respectivamente.

Su caso resultó en una de las investigaciones policiales más grandes en la historia criminal australiana y sigue siendo uno de los casos más infames del frío Australia, incluso después de muchas décadas. La enorme atención prestada a este caso, su importancia en la historia criminal australiana y el hecho de que el misterio de su desaparición nunca se ha explicado, ha llevado a que la historia sea regularmente revisada por la prensa. También es visto por muchos comentaristas sociales como un hecho significativo en la evolución de la sociedad australiana, con un gran número de personas cambiando la forma en que supervisan a sus hijos a diario.

Estado: Casos sin resolver
Lugar: Adelaide, Australia
Blanco: Jane Nartare Beaumont, Arnna Kathleen Beaumont, Grant Ellis Beaumont
Fecha: 26-ene-1966
Tipo de ataque: Desaparecidos
Muerto(s): N/A
Perpetrador(es) : N/A
Sospechoso(s): Bevan Spencer von Einem, Arthur Stanley Brown, James Ryan O’Neill, Derek Ernest Percy
Motivación: N/A

Antecedentes

Los niños vivían con sus padres Jim y Nancy Beaumont en una casa en el 109 de la calle Harding, Somerton Park, un suburbio de Adelaide. No muy lejos de su casa se encontraba Glenelg, un popular balneario junto a la playa, que los niños a menudo visitaban. El 26 de enero de 1966, los niños tomaron un viaje en autobús de cinco minutos desde su casa hasta la playa; habían hecho este viaje similar a la playa el día anterior. Jane, la hija mayor, fue considerada lo suficientemente responsable como para cuidar a los dos hermanos menores, y sus padres no estaban preocupados. Salieron de casa a las 10 am y se esperaba que regresaran a casa a las 2 pm. Sus padres se preocuparon cuando no habían regresado y llamaron a la policía a las 7:30 pm.

Investigaciones policiales

Niños con un hombre alto y rubio

La policía que investigó el caso encontró varios testigos que habían visto a los niños cerca de la playa en compañía de un hombre alto rubio y de rostro delgado con una tez bronceada por el sol de constitución delgada y atlética como de 30 años. Los niños estaban jugando con él y parecían relajados y disfrutando. El hombre y los niños fueron vistos caminando juntos como un grupo lejos de la playa algún tiempo después, que la policía estimó era alrededor de las 12:15 pm. Un comerciante informó que Jane Beaumont había comprado pastelitos y un pastel de carne con un billete de £ 1.

La policía vio esto como una prueba más de que habían estado con otra persona, por dos razones:

*El comerciante conocía bien a los niños de las visitas anteriores e informó que nunca habían comprado un pastel de carne antes.
*La madre de los niños les había dado solamente monedas suficientes para su comida y comida en el autobús y no les había dado un billete de £ 1. La policía creía que les había sido dada por alguien más.



Últimos avistamientos confirmados y efectos sociales
Alrededor de las 3 pm los niños fueron vistos caminando solos, lejos de la playa, a lo largo de Jetty Road, en dirección a su hogar. El testigo, un cartero, conocía bien a los niños, y su declaración fue considerada como confiable. Él dijo que los niños estaban “tomados de la mano y riendo” en la calle principal. La policía no pudo determinar por qué los niños, ya con una hora de retraso, caminaban solos y aparentemente despreocupados. Este fue el último avistamiento confirmado de los niños. Se ha sugerido que el cartero se equivocó en el momento exacto en que se encontró con los niños, y que en realidad los vió antes del mediodía.

El Sr. y la Sra. Beaumont describieron a sus hijos, particularmente a Jane, como tímidos. Para ellos jugar con tanta confianza con un extraño parecía fuera de lugar. Los investigadores teorizaron que los niños tal vez habían conocido al hombre durante una visita o visitas anteriores y habían comenzado a confiar en él. Un comentario casual en casa, que parecía insignificante en ese momento, apoya esta teoría. Arnna le había dicho a su madre que Jane tenía “un novio en la playa”. La señora Beaumont pensó que se refería a una compañera de juegos y no tomó más aviso hasta después de la desaparición.

Varios meses más tarde, una mujer informó que la noche de la desaparición un hombre, acompañado de dos niñas y un niño, entró en una casa vecina que creía vacía. Más tarde había visto al niño caminando solo a lo largo de un carril donde fue perseguido y más o menos atrapado por el hombre. A la mañana siguiente la casa parecía estar desierta de nuevo, y no volvió a ver al hombre ni a los niños. La policía no pudo establecer por qué no había proporcionado esta información antes.

Los avistamientos de los niños se informaron durante aproximadamente un año después de su desaparición. El caso atrajo una atención extensa en Australia y se acredita extensamente en causar un cambio en muchos estilos de vida de la gente. Los padres comenzaron a creer que ya no se podía presumir que sus hijos estaban seguros; las generaciones anteriores habían permitido rutinariamente a sus niños las mismas libertades que los niños Beaumont habían disfrutado.

Investigación psíquica

El caso también atrajo la atención internacional. El 8 de noviembre de 1966, Gerard Croiset, un parapsicólogo y psíquico de los Países Bajos, fue llevado a Australia, causando un frenesí mediático. Su búsqueda de los niños resultó infructuosa, con su historia cambiando día a día y no ofreciendo pistas. Él identificó un sitio en un almacén cerca de la casa de los niños (y también cerca de la escuela primaria del parque de Paringa donde asistían Jane y de Arnna) en el cual él creyó que los cuerpos de los niños habían sido enterrados. En el momento de su desaparición había sido un sitio de construcción, y dijo que creía que sus cuerpos estaban enterrados bajo el hormigón nuevo, dentro de los restos de un antiguo horno de ladrillos. Los propietarios, que eran reacios a excavar sobre la base de un reclamo psíquico, pronto se dejó llevar por la presión pública, se recaudaron por el público unos $ 40.000 para demoler el edificio. No quedaron restos, ni se encontraron pruebas que vincularan a ninguna de la familias Beaumont. La policía estableció que entre los tres niños llevaban 17 artículos individuales, incluyendo ropa, toallas y bolsas, pero ninguno de estos elementos se han encontrado nunca.

En 1996, el edificio identificado por Croiset estaba sufriendo una demolición parcial y los propietarios permitieron una búsqueda completa del sitio. Una vez más no se encontró rastro de los niños.

lunes, 29 de enero de 2018

La Dalia Negra #2

En busca de un culpable

Mientras The Washington Post publicaba titulares tan sensacionalistas como el siguiente: “La policía busca a un loco pervertido por la muerte de una chica”, el departamento policial de Los Angeles –LAPD– desplegaba el mayor dispositivo de búsqueda de la historia de la ciudad californiana.

Doscientos cincuenta oficiales realizaron entrevistas puerta a puerta en los alrededores del solar donde fue hallado el cadáver, pero se encontraron con un callejón sin salida. Múltiples pistas falsas, confesiones confusas y llamadas de desconocidos convirtieron el ritmo de trabajo de la comisaría de Los Angeles en frenético, pero sin llegar a ningún resultado efectivo.

En más de una ocasión los detectives creían estar tras la pista correcta, muy cerca del asesino, pero el tiempo pasaba y el horrendo crimen seguía impune. Betty Bersinger, la mujer que encontró el cadáver, dijo haber visto pasar poco después el faro de un coche que había acelerado al oír su grito, aunque no recordaba ningún detalle del automóvil, por lo que su declaración sirvió de muy poco a los detectives. La última persona en ver a Short con vida, aparte de su asesino, había sido el portero del hotel Biltmore, la noche del 10 de enero de 1947, a las diez en punto, cuando la vio alejarse por Oliver Street, vestida como lo hacía habitualmente, con un sweater y pantalones negros.

Al parecer el último que pasó un tiempo con ella fue un comerciante de 25 años llamado Robert “Red” Manley, que la recogió en San Diego y finalmente la dejó en el lobby del citado hotel Biltmore. Tras las correspondientes pesquisas, Manley fue interrogado durante horas por los detectives y sometido al polígrafo, prueba que pasó con éxito. Años después, en 1954, los agentes le inyectaron pentotal sódico, conocido popularmente como “droga de la verdad”, pero de nuevo fue absuelto de todo tipo de cargos, muriendo en 1986 rodeado todavía de la desconfianza de muchos. Manley fue durante un tiempo el principal sospechoso, pero no el único, y muchas personas afirmaron haber sido las autoras del mismo o que conocían personalmente al asesino.

Todas las pistas resultaron ser falsas. Pocos días después de hallado el cadáver, dos oficiales de policía que discutieron sobre el caso en un restaurante fueron señalados como sospechosos por uno de los camareros del lugar; un astrólogo preguntó la hora y fecha exactas del nacimiento de Elizabeth en comisaría y prometió proporcionar el nombre del asesino en pocos días… cosa que nunca hizo. Asimismo, otra persona pidió que tomasen imágenes del globo ocular derecho de la víctima, pues éste podría haber “fotografiado” al asesino, según una creencia muy extendida entonces entre los círculos supercheriles según la cual el ojo registraba la última imagen con la que había entrado en contacto, a modo de una cámara fotográfica.

Anécdotas aparte, la policía angelina realizó uno de sus mayores despliegues hasta la fecha para detener al asesino. Cientos de personas fueron consideradas sospechosas y cientos interrogadas por los agentes. Alrededor de 60 hombres y otras tantas mujeres confesaron ser los autores del crimen, quizá ávidos por obtener fama y gloria, aunque todos ellos se contradecían a la hora de declarar, demostrando que los datos que aportaban los habían leído en los periódicos. Junto a “Red” Manley, otro de los sospechosos con más posibilidades a ojos de los detectives de ser el asesino respondía al nombre de Jack Anderson Wilson, alias Arnold Wilson, un ex convicto y alcohólico que al parecer mantuvo una relación sentimental con la víctima.

Wilson fue entrevistado por el autor John Gilmore mientras éste recopilaba información para un libro sobre el caso titulado Severed: The truth story of the Black Dahlia Murder. El ex convicto al parecer estaba relacionado con otros asesinatos, como el de Georgette Bauerdorf, una acaudalado vividor que al parecer conoció a la Dalia Negra en la famosa Hollywood Canteen, sin embargo, nunca se pudo demostrar su implicación en ambos crímenes, ya que Anderson Wilson murió en circunstancias extrañas antes de ser formalmente acusado de algún cargo. Al igual que en el clásico caso de Jack el Destripador, la precisión quirúrgica con la que el asesino había seccionado el cuerpo de Beth hizo pensar a las autoridades que se trataba de un médico con años de experiencia. Según declaró el detective Harry Hansen, uno de los investigadores asignados originalmente al caso, ante el Gran Jurado del distrito de Los Angeles, estaba convencido de que el depravado asesino se trataba de un “excelente cirujano”.


La falta de pruebas, sin embargo, hizo imposible acusar del crimen a ninguno de los sospechosos. En 1996, Larry Harnisch, un editor y escritor de Los Angeles Times planteó la posibilidad de que el asesino de Short fuera el cirujano Walter Alonzo Bayley, que vivía cuando sucedieron los hechos cerca del lugar donde fue hallado el cadáver y que murió en enero de 1948 de una enfermedad mental degenerativa. Al parecer su hija había sido amiga de una de las hermanas de Elizabeth, Virginia Short, sin embargo, nunca se le pudo acusar formalmente; sin duda su imposibilidad de declarar fue una de las razones por las que fue descartado como culpable.

El caso, por tanto, sigue sin resolverse, ya hace décadas que se convirtió en la cuenta pendiente de varias generaciones de policías que, ante la aparición de nuevas pruebas, siempre pretenden reabrir el mismo. La lista de sospechosos fue tan larga como infructuosa, y en ella se incluyeron también los nombres de personajes de mayor relevancia que los citados, como el célebre Orson Welles o el gángster Bugsy Siegel, creador de Las Vegas e implicado en múltiples asesinatos a lo largo de su vida. Sin embargo, muchos de estos supuestos “sospechosos” no eran sino los protagonistas de delirantes hipótesis de periodistas y escritores varios.

Se llegó incluso a afirmar que su asesinato podría haber sido consecuencia del rodaje de una “Snuff movie”, aunque hoy día esta hipótesis es considerada poco probable. El mayor misterio en torno al asesinato de la Dalia Negra tuvo lugar cuando nueve días después del atroz suceso, alguien –probablemente el asesino–, envió a la redacción de Los Angeles Examiner un paquete impregnado con gasolina probablemente para evitar que hallaran sus huellas en el envoltorio. En su interior se encontraban algunos objetos personales de la víctima: fotografías, su certificado de nacimiento, su tarjeta de la seguridad social y su obituario. Además, alguien que decía ser el asesino utilizó letras recortadas de los periódicos que hablaban del caso para enviarle mensajes a la policía en los que afirmaba que volvería a matar.

Pero ni siquiera este desafío del asesino sirvió a uno de los departamentos de policía por aquel entonces más adelantados y modernizados del mundo para dar con el culpable. Hoy su caso permanece en la memoria colectiva de los estadounidenses, junto a otros tan célebres como el de la Familia Manson o el del Carnicero de Milkwaukee, aunque sin resolverse…

Nadie ha podido hacer justicia y devolver la integridad a una persona, la joven Elizabeth Short, que lejos de hallar en el país de las oportunidades una vía para alcanzar su sueño, encontró la muerte, tan terrible, en las calles de una ciudad de celuloide castigada por el crimen, el alcohol y la falta de expectativas de sus habitantes. No se encendieron los focos ni se levantó el telón para dar la bienvenida a Elizabeth. Su última y horripilante visión fue probablemente el resplandor de un cuchillo afilado…

La Dalia Negra #1

La Dalia Negra, un crimen atroz en L.A.


Tras la Segunda Guerra Mundial, durante los años dorados de Hollywood, la ciudad californiana sufrió una de sus mayores tragedias: el misterioso y brutal asesinato de Elizabeth Short. Más de sesenta años después, su asesinato sigue impune…


Los Angeles, California. 15 de enero de 1947. El cielo de Los Angeles (EEUU) estaba encapotado. Era una mañana triste, gélida y lluviosa. Un ama de casa llamada Betty Bersinger salió de su casa situada en Norton Avenue con su hija de tres años hacia una tienda de reparación de calzado. Mientras transitaban por un solar abandonado cubierto de hierbajos y barro, en el distrito de Crenshaw, un objeto blanquecino llamó la atención de la pequeña: “¡Mira mami! La niña señalaba lo que parecía ser un maniquí de gran tamaño partido en dos. A Betty no le extrañó demasiado, pues muchas tiendas de ropa de la zona habían sido cerradas o abandonadas al no regresar sus dueños de la guerra, y era habitual encontrar maniquíes polvorientos, telas rotas u otros desechos en los alrededores. Sin embargo, una vez que madre e hija se acercaron más al extravagante “maniquí” partido en dos, el rostro de Betty se tornó blanco y el corazón le dio el mayor vuelco de su vida. Dio un alarido que pudo escucharse varias calles a la redonda. La visión era atroz. Tapó los ojos de su pequeña y huyó del lugar de pesadilla…


El pálido maniquí no era tal; se trataba del cuerpo seccionado por la mitad de una joven, las piernas por un lado, extendidas en una grotesca posición obscena y el tronco, junto a la cabeza y los brazos arqueados rodeando los hombros, muy cerca. Su rostro estaba machacado, casi irreconocible; al parecer lo habían golpeado con un bate de béisbol. Habían cortado las comisuras de sus labios con un cuchillo, lo que le daba un grotesco aspecto de payaso loco. Sus pechos habían sido lacerados y mostraban múltiples quemaduras de cigarrillos. Había mutilaciones por todo el cuerpo, escarificaciones, hematomas… Pero eso no era lo peor. Según pudieron comprobar los primeros agentes que llegaron al lugar del crimen, Frank Perkins y Will Fitzgerald, el cuerpo había sido desangrado hasta la última gota y eviscerado, después de ser seccionado por la mitad con una precisión quirúrgica a la altura de la cintura. Mostraba señales dejadas de forma inequívoca por cuerdas, lo que llevó a los detectives a deducir que la víctima había sido atada y torturada durante un espacio de varios días. Más tarde la autopsia reveló que la desconocida joven había sido brutalmente torturada durante unas 72 horas estando consciente. El cadáver de la joven había sido bañado y su cabello teñido después de muerta, de color rojizo, probablemente con brea. El asesino le había hecho además la manicura, como si pretendiera que su víctima permaneciese bella en el más allá. En el muslo izquierdo hallaron una pequeña mutilación en forma triangular que resultó ser el lugar donde Short tenía tatuada una pequeña flor. Durante la autopsia se descubrió que el pequeño trozo de carne había sido introducido en su vagina. Demasiado enfermizo y retorcido, pero tristemente real.

La autopsia determinó que “había muerto debido a una hemorragia producida por un fuerte golpe que le causó un severo traumatismo cerebral y por las laceraciones del rostro”. Había sido además sodomizada y sometida a todo tipo de abusos sexuales, aunque sin penetración y en su estómago se encontraron excrementos humanos. A pesar de los muchos años que llevaban ocupándose de diferentes asesinatos ni el forense ni los oficiales se habías enfrentado jamás a un caso de una brutalidad semejante. En busca de una identidad El lugar del macabro crimen pronto se llenó de periodistas y agentes de la ley.

La publicación de las fotos, a pesar de que fueron tomadas muchísimas imágenes por los reporteros, fue prohibida, debido a su brutalidad. La prioridad de los detectives asignados al caso, Harry Hansen y Finis Brown, fue desvelar la identidad de la víctima. En primer lugar, el FBI probó con las citadas huellas dactilares enviadas desde California, cruzando los dedos para que la víctima estuviera fichada. Los técnicos de dactiloscopia contrastaron las mismas con un archivo formado por 104 millones de huellas. Y… bingo.

La víctima respondía al nombre de Elizabeth Short, de 22 años de edad, cabello oscuro, ojos azules y considerable estatura. Sus huellas habían sido tomadas en dos ocasiones: cuando trabajaba en la cantina del cuartel de Camp Cook, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y tras ser fichada por la policía por encontrarse ebria siendo menor de edad.

Debido a la estrecha relación de los agentes de la ley con la prensa en la América de los años 40, muy pocas horas después hubo una filtración, lo que provocó que algunos reporteros de Los Angeles Examiner usaran una treta poco ética, más bien bochornosa, para conseguir información sobre la misteriosa Short: telefonearon al domicilio de su madre, Phoebe Short, residente en Cambridge, Massachusetts, y le dijeron que su hija –entonces el FBI todavía no le había informado sobre el crimen– había ganado un concurso de belleza. Así obtuvieron numerosos datos sobre su vida, antes de comunicarle, en la misma conversación, que Elizabeth había sido brutalmente asesinada. Ética periodística…

Un oscuro pasado


Pronto los periódicos comenzaron a publicar informaciones sensacionalistas sobre el pasado de la víctima, mancillando su nombre y publicando los titulares más bochornosos sobre una joven que había dejado este mundo de forma tan escabrosa. Los periodistas pronto la tildaron de “borracha”, “prostituta”, “lesbiana”… La verdad es que la existencia de la joven Short, Betty para los amigos, no había sido precisamente un camino de rosas. Nacida en el seno de una familia acomodada, en Hyde Park –Massachusetts– el 29 de julio de 1924, su padre, Cleo Short, intentó suicidarse cuando su negocio se fue a la quiebra tras el Crack del 29, que dinamitó la economía de los estadounidenses. Tras el frustrado intento de quitarse de en medio, el cabeza de familia abandonó el hogar y Phoebe Short se quedó al cuidado de Elizabeth y sus otras cuatro hijas. Durante su juventud Bettie asistía asiduamente con su hermana más pequeña, a ver los grandes estrenos del Hollywood de los años 30. Admiraba los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Fue entonces cuando comenzó a soñar en convertirse en una estrella de Hollywood. Tras unos años en los que convivió con su padre, con el que entabló de nuevo una difícil relación –ambos parecían extraños en la misma casa–, Elizabeth aceptó el trabajo en Camp Cooke. Fue entonces cuando comenzó su interminable historia de galanteos y eróticas relaciones con diferentes hombres. Muchos de los soldados tuvieron affairs con ella y la convencieron de que tenía la belleza y el porte necesarios para convertirse en una estrella de Hollywood. Y eso intentó al menos. Viajó a Los Angeles en busca del sueño de tantos y tantos jóvenes por escapar de la marginalidad y hallar un hueco en la multimillonaria industria del cine.

Pero Short no tuvo suerte. Comenzó a relacionarse con gente peligrosa, con aquél submundo de Tinseltown –como se conoce popularmente a Hollywood– rodeado de alcohol, drogas, prostitución y mafias al que tan dado eran los actores hollywoodienses y que inspiró mil y una historia de cine negro surgidas de la imaginación de personajes como Raymond Chandler. Pero la ficción no estaba tan alejada de la realidad y los crímenes, el sexo y el chantaje campaban a sus anchas a espaldas del glamour y la ostentación de la que hacían gala las fiestas de los grandes magnates.

Elizabeth entró en un círculo vicioso que acabó arrastrándola el cine erótico de serie B y rodeándola de malas compañías. Comenzó a hacer de acompañante de personajes relevantes, lo que pronto hizo que surgiera el rumor, probablemente real, de que ejercía la prostitución. Debido a que prácticamente siempre vestía de negro, a su oscuro cabello y a sus ojos color azabache, fue bautizada por la prensa, tras su asesinato, como la Dalia Negra, quizá emulando el título de una película perteneciente al género Noir y estrenada por aquél entonces: La Dalia Azul, protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake y con guión del anteriormente citado Raymond Chandler.



Los periodistas ya tenían lo más importante, un nombre con gancho para el caso más polémico de la historia de Tinseltown, y entonces comenzó el bombardeo de noticias sobre sus devaneos amorosos, sus vicios y su inestabilidad emocional. Nadie la dejaba descansar tranquila.

Pero al margen de su azarosa existencia, Elizabeth se movía en un entorno al que muchas jóvenes acudían decepcionadas ante su falta de expectativas. Sin embargo, ninguna de ellas aparecía muerta… ¿Quién había asesinado entonces a Short? ¿Cuál era el móvil del crimen…?

El Caso de los Hermanos Sodder

En 1945, en Estados Unidos, cinco hermanos no volvieron a ser vistos después de un incendio que afectó a la casa donde vivían. El inmigran...